El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—¿Dónde estamos? —preguntó Bo al despertarse.

—Ya estarás contenta; no podrás quejarte por falta de aventuras; pero no te puedo decir en dónde estamos —contestó Elena.

Bo se frotó los ojos y se acabó de despertar, no pudiendo dormir de ningún modo con aquel traqueteo infernal.

—Ni que hubiéramos recorrido un millar de millas estaría más derrengada —manifestó Elena—. No me queda un solo hueso sano en el cuerpo.

Bo asomó la cabeza por la ventanilla.

—¡Oh, qué oscuro y qué solitario! Y lo peor del caso es que hace un frío atroz; yo estoy helada.

—Yo creí que a ti te gustaba el frío —dijo Elena.

—Por tu acento me parece advertir que ya estás más tranquila —dijo Bo con gran satisfacción.

A pesar de lo difícil de la situación, las dos jóvenes conseguían mantenerse bastante bien en su asiento apoyadas una en otra, bien cubiertas con la manta. Únicamente de vez en cuando algún salto inesperado las lanzaba del asiento.

—¡Oh! —exclamó una vez Bo, indignada—. No te perdonaré nunca, Elena, que me hayas dado este viaje infernal.


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