El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque La diligencia fue disminuyendo paulatinamente la rapidez de su marcha. Oíase la respiración de los caballos, el choque de las correas y de los arneses, el siseo de los hombres en misteriosa conversación. Éstos eran los únicos ruidos que se oían. Elena miró por la ventanilla creyendo, sin embargo, que le sería imposible penetrar con su mirada la densidad de las tinieblas, pero con gran sorpresa suya la noche estaba más clara de lo que ella había esperado; podíanse ver los objetos a cierta distancia. Una estrella errante le llamó la atención; los hombres prestaban oído atento. También ella aguzó el oído, pero aparte de los sonidos antes mencionados no percibía el menor rumor. De pronto, el cochero arreó a sus caballos y se reanudó la marcha.
Durante un buen rato, la diligencia continuó su carrera aceleradamente dando grandes traqueteos y crujiendo como si fuese a volcar a cada momento o a deshacerse. Volvió después a terreno nivelado y se detuvo durante algunos minutos, al cabo de los cuales partió de nuevo para emprender una penosa y difícil ascensión. Elena supuso que debían de haber recorrido muchas millas. El desierto parecía encontrar sus límites en los primeros grupos de sauces y de arbustos que cada vez con más frecuencia iban encontrando. El suelo era cada vez más desigual y rocoso, tanto que una vez al bajar un declive, Bo en un avén salió disparada de los brazos de Elena y ésta estuvo también a punto de caer de su asiento.