El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —De buena gana irÃa con vosotros —dijo Roy compartiendo la opinión de su hermano.
—No, tú no puedes ir, necesito que nos acompañes hasta que estemos en seguridad en los bosques. Ayuda a descargar los bultos, y tú, Roy, ayúdame a hacerme cargo de ellos.
—Tenemos abundantes provisiones también, a menos de que las señoritas sean muy comilonas. Hay aquà provisiones para dos meses.
Dale se dirigió al coche y abrió la portezuela.
—Si no duermen ustedes, vengan.
La primera que se apeó del coche fue Bo.
—¿Cómo quiere usted que durmamos con todos estos traqueteos? —dijo.
Roy Beeman celebró la ocurrencia con una carcajada. Púsose el sombrero y permaneció de pie en silencio ayudando a Elena a descender del coche. Ella agradeció la ayuda y la actitud respetuosa del muchacho. El gran revólver que le colgaba del cinto llamó la atención de la animosa muchacha. Dale subió al coche a hacerse cargo del equipaje que dejó en el suelo.
—Vamos, Bill, despacha. John y Hal saldrán detrás de ti dentro de poco —dijo Dale.
—Señoritas, he tenido mucho gusto en servirles y siento separarme de ustedes, pero tengo la seguridad de que las dejo bien acompañadas y de que pronto llegarán al hogar sanas y salvas.