El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Monte usted en éste —dijo a Bo—; los estribos de esta silla son más cortos.
Tan trabajosamente obedeció Bo, que Elena no podÃa dar crédito a sus ojos, sabiendo lo ágil y admirable jinete que era su hermanita.
—¿.Están bien los estribos? —preguntó Roy—. A ver, alargue usted el pie. Creo que están bien —dijo Roy—. Tenga mucho cuidado, que este caballo es muy nervioso; necesita contenerle mucho.
Bo no parecÃa merecer la reputación de excelente caballista que su hermana le habÃa dado.
—Ahora, señorita, monte usted —dijo Roy a Elena.
Y un instante después encontrábase la muchacha a horcajadas en un negro y brioso caballo. A pesar del frÃo intenso de la noche sintió correr aceleradamente la sangre por sus venas.
Roy se acercó para arreglarle los estribos.
—Quizá tengamos que dar un largo rodeo en torno a las Montañas Blancas.
—¿Oyes esto, Bo? —preguntó Elena.
Bo no respondió. Su posición en la silla era algo desgarbada y torpe, lo cual extrañó e inquietó a Elena. En aquel momento, Dale se les acercó.
—¿Has apretado bien las cinchas, Roy?
—SÃ, todo está perfectamente —contestó Roy.