El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Elena no comprendía ella misma la facilidad con que empezó a cambiarse de ropa en aquel desierto frío y azotado por el viento, pero una vez iniciada la operación vio que podía terminarla sin la menor molestia ni dificultad. Casi le daban ganas de reír viendo a su hermanita tirar las prendas al aire para que el viento se las llevara a cierta distancia.

—Uf, uf —repitió Bo—, nunca he tenido más frío en toda mi vida; si Dios no nos socorre, Elena, nos vamos a morir de frío.

Preocupada como estaba Elena por todas aquellas aventuras no tenía muchas ganas de hablar. Bo la ayudaba a vestirse. Elena, cuando estuvo lista, empaquetó, con manos ateridas y torpes, la ropa que se había quitado.

—¡Oh, yaya un lío que he hecho con estos trajes de viaje! ¡Cómo están de arrugados!

—No te preocupes —replicó Bo—, ya los plancharemos mañana sentándonos encima.

En seguida volvieron al camino.

Bo no llevaba el lío de su ropa y parecía inquieta. Los hombres les esperaban cerca de un grupo de caballos; uno de ellos llevaba un paquete.

—Deme usted esos fardos —dijo Dale a Elena quitándoselos de la mano—. Roy, hazte cargo de ellos mientras yo acabo de atar este fardo.

Roy acercó dos caballos.


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