El Rancho Majestad
El Rancho Majestad —Oiga, señor policÃa, nosotros hemos visto a esta señorita cuando tomaba la curva, y ni siquiera iba a veinte millas —dijo uno de los estudiantes.
—¿No puede usted dejarnos en paz a los jóvenes? —preguntó otro quejosamente.
—¿No hay un número suficiente de conductores borrachos para tenerle a usted ocupado de continuo?
—¡Me parece que este hombre está un poquito excitado!
Unos maullidos y unos gruñidos sin insolencia sonaron en el cÃrculo de estudiantes, que a cada momento se hacÃa más denso y se cerraba más. Los jóvenes presentÃan que habrÃa de producirse algún acontecimiento. Lance comprendió que los policÃas no habÃan dejado de percibir un algo hostil para su bienestar en aquel grupo de muchachos.
—Entrega a la joven una citación, Brady, y vámonos —recomendó el policÃa que se hallaba sentado tras el volante.
Una tormenta de protestas se elevó de la lÃnea delantera de estudiantes. Rollie, quien, evidentemente, ejercÃa cierta influencia sobre sus compañeros, habló para ordenarles que enmudecieran.
—¡Callaos todos! —gritó ruidosamente—. Y usted señor policÃa, vigile por estos alrededores y persiga a los hombres; pero deje en paz a las mujeres. ¿Lo oye? No toleraremos que las moleste usted.