El Rancho Majestad

El Rancho Majestad

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Pasando a través del alto arco situado a espaldas de la casa, Gene entró en el patio, que parecía ser una mezcla de verdor, de agua corriente, del soñoliento gorjeo de los adormilados pájaros y de una cálida fragancia. Un apetitoso olor salía de la cocina, donde los sirvientes estaban hablando en voz baja. Cuando Gene cruzó el ancho pórtico para entrar en la habitación de Magdalena, el periódico que tanto había indignado a Nels no sobresalía del montón que formaba la nutrida correspondencia. Magdalena había oído el sonido de sus pasos en el pórtico y se levantó para recibirle. El amar por aquella mujer singular que, siendo una muchacha, había abandonado el Este para hacer que la vida y la tierra de él fueran las suyas; el orgullo que le producían su cuidada belleza y su encanto, parecían ser las conmovedoras y fuertes emociones que le agitaban en aquel momento en que estaba obligado a hacer unas desgraciadas manifestaciones acerca de su única hija. ¿Sería Madge otra Magdalena? El cabello de Magdalena se había agrisado y algunas arrugas habían comenzado a aparecer en su hermoso rostro. Pero la luz que brotaba de sus brillantes ojos estaba tan llena de ternura y de alegría como en los días de su juventud.

¡Gene! —exclamó al mismo tiempo que le besaba—. ¡Vienes con un día de retraso…! Pareces cansado…, preocupado.


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