El Rancho Majestad
El Rancho Majestad —Me gusta mucho correr a gran velocidad y no presto mucha atención a las leyes ni a las reglas —respondió Madge francamente—. Jamás he tenido tiempo para ir lentamente en mi coche, y he recibido en diversas ocasiones citaciones de la policÃa por llevar excesiva velocidad. Una vez, después de uno de esos casos, iba muy de prisa y el policÃa que me sorprendió fue el mismo de la vez anterior. Aquel hombre era un sapo hinchado, N —dirigiéndole miradas incitantes y diciéndole que no debÃa detener a una alumna de la Universidad y algunas otras tonterÃas por el estilo, conseguà evitar que me llevase a los tribunales. Y me dijo; «Hasta la vista, monÃsima» y en la próxima ocasión que me vio se comportó con excesiva frescura. Naturalmente, le dejé plantado. Una tarde, cuando iba hacia la Universidad, vi que marchaba cerca de mÃ. Entonces, yo no corrÃa a una velocidad superior a la permitida, ni me olvidé de extender el brazo al llegar a la esquina, pero él me acusó de infringir estas disposiciones. Me siguió gritando que me detuviera, lo que hice inmediatamente al llegar a la calle que se encuentra junto al terreno universitario. El incidente sucedió en una hora libre entre dos clases, y por esta causa podÃan verse estudiantes por todas partes. Algunos de mis amigos y compañeros estaban en aquel lugar cuando me detuve, y oyeron mi discusión con el policÃa. Como es natural, se pusieron de mi parte. Continuaron llegando estudiantes desde todos los puntos. Y entonces me di cuenta de que habÃa un joven que estaba delante de todos, a quien a primera vista tomé por un estudiante más. En el automóvil habÃa dos policÃas, y al cabo de un momento llegó en una motocicleta un guardia de circulación. Los dos policÃas se apearon, y el más pequeño de los dos se acercó al tablero de mandos de mi automóvil y me dijo que le siguiera, que me iba a llevar a «dar un paseÃto». Y entonces los estudiantes se aproximaron a un camión de verduras que habÃa llegado cargado de tomates y de naranjas, y las arrojaron contra el coche de la policÃa. El guardia de la moto pidió refuerzos, y el cerdo del policÃa que tenÃa la culpa de todo lo sucedido llegó a ponerme las manos encima para obligarme a bajar de mi asiento. Al verlo, el joven a quien he mencionado le dio un golpe en el estómago, ¡un golpe terrible! El policÃa se dobló. Podéis creer que me divertà mucho al verlo. A continuación mi campeón lo tumbó en medio de la calle, y, saltando a mi automóvil, me dijo que lo pusiera en marcha a toda velocidad. Dejamos al grupo, los policÃas de refuerzo y a los estudiantes empeñados en una batalla muy divertida. Cuando pude abrirme paso entre ellos, pisé el acelerador con toda mi fuerza. Y escapamos… Esto es todo, excepto que la junta de Profesores me expulsó de la Universidad y que los policÃas olvidaron ir en mi busca para detenerme.