El Rancho Majestad
El Rancho Majestad —No me parece una cosa tan terrible como habÃa supuesto —dijo el padre con una sonrisa tranquilizadora. Estaba seguro de que Madge no tenÃa ni siquiera la más ligera idea de que hubiera obrado de un modo censurable en ningún momento—. ¿Qué opinas tú, Magdalena?
—Madge se mostró excesivamente indiscreta e irreflexiva.
—¿Qué ha sido de aquel joven? —preguntó Gene—. Me gustarÃa mucho poder estrecharle la mano.
—También a mà —dijo rápidamente Madge mientras sus ojos se iluminaban—. Fui con él hasta las afueras de la población, a un punto destinado a estacionamiento de automóviles, donde conversamos animadamente. Era el hombre más guapo que he conocido. TÃmido. ¡Oh, cuánto me gustó! Nos pusimos de acuerdo para encontrarnos en el mismo lugar al dÃa siguiente. Pero el muy idiota no acudió. Y en su lugar… ¡Oh, no importa!… Y se acabó.
—Si tú no tienes inquietudes a causa de ese incidente, ¿por qué hemos de tenerlas nosotros? —preguntó Magdalena con acento de felicidad.
—En ese caso, olvidemos ese asunto. Sois encantadores los dos. Voy a compensaros de mi larga ausencia queriéndoos con locura hasta la muerte.