El Rancho Majestad

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Gene salió al exterior, presa de diversas y encontradas emociones. Una buena parte de la felicidad que se había apoderado de él se debía a la alegría que se reflejaba en el rostro de Magdalena.

—¡Demonios! ¡No es extraño que este coche sirva para correr! —exclamó Gene en tanto que contemplaba el magnífico automóvil, nuevo, brillante, que parecía ser todo maquinaria. El asiento posterior estaba repleto de maletines y paquetes. Y había también tres preciosos abrigos, uno de ellos de pieles. Todo el aspecto del coche y su contenido hicieron que Gene se acordase de Magdalena Hammond cuando llegó por primera vez a El Cajón, que era como en aquellos tiempos se llamaba Bolton. ¡La hija era exacta a la madre! A pesar de todo, ¿podría Madge llegar a ajustarse al cambio que las circunstancias habían operado en su situación? La muchacha poseía una fortuna, pero no podía despilfarrar el capital. Tía Elena lo había previsto sensatamente. Mas las rentas de Madge solamente no podrían ser suficientes para satisfacer sus actuales caprichos. Gene pensó estas cosas y otras muchas más durante los quince viajes que hubo de hacer cargado con el equipaje de su hija. Cuando realizó el último, la hija y la madre se reunieron con él en el saloncito de Madge.



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