El Rancho Majestad

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Sin embargo, Madge se preocupó. Leyó, se angustió y esperó hasta bastante tiempo después de que su madre se hubo retirado. Luego, cuando se acostó, no pudo dormir. Escuchó; pero no se percibía ningún ruido, a excepción del solitario chirriar de los grillos y los murmullos del agua corriente. Aquel Lance Sidway había inyectado, verdaderamente, cierto vigor y cierta energía en el dormido y viejo rancho. Sus hermosos ojos, ensombrecidos, turbados y después llenos de desdén, la atemorizaban lo mismo que lo hacían sus vilipendios de los gangsters. La joven le odiaba, pero lo merecía. Su propia conciencia se lo dijo. Ciertamente, el joven había acudido a la cita aquel día, y la mala suerte dispuso que viera como ella se reunía con Uhl y le obligaba a subir a su coche. Y como Lance conocía perfectamente a Hollywood, había advertido en seguida a qué clase social pertenecía aquel caballero. No era este hecho, sino su desdén, lo que amargaba a la joven. Sin embargo, si Lance se había indignado tanto al conocer la amistad de ella con un personaje de los bajos fondos sociales, ¿por qué había averiguado su nombre, descubierto dónde vivía y concebido la brillante idea de encontrarla en su propio hogar? La respuesta era que, independientemente de quien ella pudiera conocer y de lo que hubiera hecho, debió de inspirar a Lance algo muy superior a un sencillo interés. Pero ¿era ésta la respuesta? Madge pensó que había cierta posibilidad, una remota posibilidad de que no lo fuera.


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