El Rancho Majestad

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Lance se alejó, agradecido, para ir en busca de Dervish, que se encontraba pastando tranquilamente a media milla de distancia. ¡Qué mujer! Lance estaba deslizándose, deslizándose… Luego su dulce estado de ánimo comenzó a desvanecerse, a ser consumido por la llama de una agitación interior cuyo principal componente era la ira. No tenía posibilidad de librarse del peligro que le acechaba. El haber salvado la vida a la muchacha, o, cuando menos, el haberla librado de una caída peligrosa, constituía un caso de mala suerte para él. ¡Tenerla al cabo de un segundo entre sus brazos…! ¡Diablos! ¿Para qué era una mujer como ella?… Sus hermosos y engañadores ojos podrían convertir en un imbécil hasta a los indios de madera que anuncian los establecimientos de tabaco. Y, no obstante, parecía haber en ella una cualidad de dulzura, de sinceridad… Acaso si Madge no le hubiese odiado, habría sido posible que Lance no descubriese la segunda naturaleza de ella. ¡Pero esto habría sido todavía peor! Al fin, llegó junto a Dervish. Y cuando regresó junto al grupo de excursionistas, el joven vaquero era nuevamente el hombre frío que acostumbraba ser.

—¿Le ha pegado usted? —preguntó Madge.

—No. Nunca pego a los caballos.

Ren miró con una especie de rencor al sudoroso caballo, que tenía la cabeza inclinada mansamente.

—Bien; pero yo le pegaré algún día, creedme.


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