El Rancho Majestad
El Rancho Majestad —Pero ¡escucha, querida! ¡Haz uso del cerebro, por amor de Dios! No es concebible que finalmente haya de enamorarme de un hombre que puede ver a través de mÃ… que me conoce Ãntimamente… a quien no puedo engañar; ni intrigar, ni fascinar, ni seducir…, que tiene unos ideales hermosos y que, en consecuencia, me desprecia.
—SÃ, es concebible. Debe de ser una desgracia horrible. Pero si Sidway no estuviera loco por ti, no podrÃa obrar del modo que lo hace. ¡Actos, mi querida salvaje! ¡Actos! Cualquier hombre o cualquier muchacho puede irritarse. Pero lo que importa son las acciones. Y Lance ha hecho algo. ¿No es cierto?
—SÃ, me ha juzgado erróneamente —dijo quejosamente Madge mientras luchaba en vano contra la dulce locura de las fieles convicciones de Allie.
—Recuerda el dÃa en que fuiste apresada por la rueda de la cuerda de subir los sacos. Madge, ¿crees que cualquier hombre puede recobrarse fácilmente de aquello?
—¿De… qué? —preguntó Madge desmayadamente.
—De haberte visto… desde la barbilla para abajo… sin una sola costura.
—¡Oh, no! No me vio… Juró que no vio nada.
—Te vio, Madge Stewart.