El Rancho Majestad

El Rancho Majestad

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Desde aquel punto comenzó a viajar más reposadamente a lo largo del desierto bañado por la luz del sol. Mecca, el Salton Sea, Miland quedaron señalados al apretarse la cincha de Umpqua un agujero más por cada uno de estos lugares. Pero el magnífico caballo, una vez que se encontró fuera de las carreteras frecuentadas por los automóviles y halló la cálida temperatura a que estaba habituado, demostró bien pronto su gran resistencia y su amor por la campiña abierta. Lance cruzó las cinco millas de dunas arenosas al amanecer, y se maravilló de la lisura de las montañas y de sus crestas afiladas como cuchillos, de las escarpadas cañadas que se abrían entre las dunas y de las cambiantes y opalinas tonalidades que se extendían sobre las tierras. A Umpqua no le agradaba aquella región en que los cascos se le hundían en la arena hasta los corvejones. Las rocosas llanuras lejanas, negras y rojas, cubiertas de piedra, la escasa vegetación de altas hierbas y cactos, las cumbres volcánicas y finalmente la sombría carretera bordeada de arbolitos… esto era lo que le gustaba a Umpqua y lo que le hacía conservar la igualdad y la seguridad de su marcha. La primera mirada que Lance dirigió al rojo río justificó la certeza de lo que había previsto: una revuelta corriente fangosa, hostil para el caballo y para el jinete. Y Yuma, por la noche, produjo una impresión favorable en el joven, con su ancha calle principal, sus brillantes luces, sus gigantescos indios y sus mejicanos de furtivo caminar. Había cruzado el río, y se encontraba en Arizona.


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