El Rancho Majestad
El Rancho Majestad —De quiénes son esos jinetees y qué quieren.
—Ve tú, Fox —ordenó Flemm.
—Bien. Pero ¿qué he de hacer?
—Échales el alto. Y utiliza la sustancia gris, si es que la tienes.
Fox recogió su pistola ametralladora y se alejó en dirección al camino, a cuyo través se deslizó hasta que llegó al espeso follaje que habÃa a sus lados, tras el cual se perdió prontamente de vista.
Lance se subió al apretado fardo que habÃa junto a Flemm.
—¡Mira! ¡Mira! —exclamó—. ¡Aquella abertura… más allá del pino amarillo! ¿Ves?
—Debo de tener una vista condenadamente mala, porque no puedo ver nada más que hojas y ramas —refunfuñó Flemm.
—Entonces, ve también estrellas —silbó Lance; y descargó un terrible golpe con su pistola en la desnuda cabeza del gángster. El joven se apresuró a recorrer el espacio que le separaba de la cabaña, y se detuvo para escuchar en tanto que vigilaba la puerta. Oyó un arrastrar de pies, unos pasos presurosos, una respiración ahogada:
—¡No… te tengo miedo… Bee Uhl!
—¡MagnÃfico! Me gusta que mis damitas sean gatas salvajes —contestó el gángster con arrogancia en la voz—. Quieres obligarme a luchar, ¿eh?