El Rancho Majestad

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A varias millas de distancia, más allá de Vail, pareció brotar una ligera claridad en la dirección del Norte. Lance supuso inmediatamente que serían las luces de Tucson, todavía muy lejanas, pero cuyo reflejo se extendía en la rarificada atmósfera. Lance, que corría a una velocidad de cuarenta millas por hora, o acaso algo más, comenzó a sentirse inquieto por la esperada detención. Cada vez que veía ante sí o detrás de sí el resplandor de unos faros, se preparaba para cumplir la orden de detención que probablemente habría de hacérsele. Pero pasaron tantos automóviles junto a él durante la hora siguiente, y el horizonte adquirió un resplandor tan intenso, que supuso que podría llegar a la primera estación de servicio situada a la derecha de la carretera sin que nadie le detuviese.

Inmediatamente, un automóvil surgió a espaldas del camión, se colocó tras él y se mantuvo a la misma distancia constantemente por espacio de un par de millas. Lance presintió que aquél era el coche esperado, y quiso estar dispuesto para el momento en que el incidente se produjese, por lo que redujo la velocidad a treinta millas por hora, y después a veinte. El automóvil se mantuvo detrás de él, un poco a su izquierda. Finalmente, se colocó junto al camión.

—¡Eh, conductor! ¡Alto! —dijo una voz ronca. Lance contestó con un grito y oprimiendo los frenos comenzó a detener el vehículo.


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