El Rancho Majestad
El Rancho Majestad —¡Hola, vaquero! —dijo lentamente una voz agradable—. Apéate y entra.
—¡Hola! —contestó Lance a modo de saludo. Ante él se hallaba un hombre robusto, joven, de piernas arqueadas, que habÃa salido no se sabÃa de dónde. TodavÃa habÃa la luz suficiente para que pudieran distinguirse las facciones de un rostro delgado y curtido por el sol en el que brillaban los estrechos orificios de dos ojos diminutos, perspicaces y amistosos.
—¡Dios mÃo!… ¿Dónde has robado ese caballo? —preguntó aquel individuo.
—¿Es que quieres buscarme las pulgas, o es ése el modo que tenéis aquà de saludar a los jinetes? —respondió Lance.
—Ha sido una broma, vaquero. Tenemos muchos caballos magnÃficos en esta región, y por eso he querido embromarte. Pero, hablando en serio, ¿de dónde has sacado ese animal?
—Procede de Oregón. Me lo regalaron cuando era muy joven. Y lo he criado yo mismo.
—¿Eres de Oregón? —continuó el otro, mientras daba vueltas en torno al caballo de un modo que proclamaba su amor por tales cuadrúpedos. Aquella actitud fue el sésamo que le abrió las puertas de la amistad de Lance.
—SÃ, he venido cabalgando todo el camino.