El Rancho Majestad
El Rancho Majestad Lance no había llegado más allá de donde la carretera iniciaba el ascenso al arbolado otero, cuando un muchacho se acercó a él para decirle que el señor Stewart estaba en los encerraderos, cava situación le indicó. Lance le arrojó una moneda y continuó marchando hacia la derecha, a lo largo de la base de la elevación, para llegar al fin a un lugar desde el cual se veían unas leñeras cuadras y cobertizos, una barraca de tejado cubierto de musgo, vieja y castigada por el tiempo, pintoresca y casi en ruinas. Un penetrante resoplido procedente de donde se encontraba un invisible caballo provocó un relincho de Umpqua. Lance avanzó por una vereda, salió a una especie de explanada, a la derecha de la cual había una herrería y ante ella se encontraban varios jinetes mejicanos y un caballo de raza, tan brillante y bien cuidado, que resultaba impropio de aquel paraje. Luego, un hombre alto surgió de detrás de la montura. Era de robusta constitución, tenía el rostro moreno y arrugado, ojos negros y vivos y aladares blancos. El joven no tuvo necesidad de que se le indicase que era Gene Stewart. Al acercarse a él, observó que la severidad de su rostro se rompía por efecto de una sonrisa que le daba un aspecto atractivo; todo su interés se concentró en el caballo y en el jinete recién llegados.
—Buenos días, vaquero —le saludó el ranchero con voz cálida y agradable—. Los ha adelantado usted.