El Rancho Majestad
El Rancho Majestad Lance llegó a media tarde a un pueblecito mejicano situado al pie del otero. Unas columnitas de azulado humo se elevaban lentamente en el aire. Los chiquillos medio desnudos; los perros y los asnos, los vecinos, vestidos con abigarradas y viejas ropas, que le miraron indolentemente desde los bajos porches, todo parecÃa tener un aire de holganza. El joven dirigió una pregunta a un grupo. Una muchacha mejicana, muy linda, cuyos grandes y oscuros ojos brillaron descaradamente al mirar al joven, contestó en español:
—Buenos dÃas, señor.
—No entiendo… ¿Sabe usted hablar la lengua de los Estados Unidos? —preguntó Lance amablemente en tanto que dirigÃa una sonrisa a la muchacha.
—SÃ, vaquero. El señor Stewart está en su casa.
—Muchas gracias, señorita. Creo que me va a gustar mucho esta región.
Los oscuros ojos de la chica volvieron a brillar con picardÃa.
—No ha tardado mucho tiempo en gustarle, señor —replicó rápidamente.
Mientras ascendÃa por la suave pendiente, Lance meditó sobre la observación de la mejicanita. «¡Oh! ¿Qué habrá querido insinuar? No puedo comprenderlo. Seguramente querÃa burlarse de mÃ… Muy bien, señorita. Nos volveremos a ver».