El Rancho Majestad

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A mediodía, calculó que debía de haber recorrido por lo menos veinte millas, dos tercios de la extensión que debía cubrir para llegar al rancho de Stewart; y muy pronto encontró el desvío que Starr había mencionado. El paisaje era tan hermoso, que el joven se detuvo para contemplarlo, absorto. Vio a lo lejos una línea movediza de polvo que brotaba del camino recorrido por un carro que trepaba por la purpúrea y gris combadura que se encontraba bajo él y que debía de ser el término del valle de San Bernardino. Zonas cubiertas de rocas y de cedros, y las sombras, más oscuras, de otros árboles, rompían la monotonía de la llanura, se alejaban y ascendían hacia unas montañas que debían de ser las Peloncillo. Muy lejos, se levantaba el otero arbolado en que se veía la mansión construida por don Carlos. Aunque se hallaba a una distancia de diez millas, se destacaba con la claridad y el esplendor que Starr había indicado. Un lago azul, tan azul como una gema, brillaba bajo el sol; y del círculo verde que lo rodeaba se desprendía un brazo que se retorcía a través del grisáceo terreno y trazaba un ancho recodo en torno al rocoso cerro que Lance había traspuesto. Era, naturalmente, el arroyo que había encontrado más abajo. La campiña era muy amplia. ¡Cuán extensa debía de ser, puesto que solamente estaba cerrada por las montañas de uno de sus lados! Mientras seguía el descenso del camino, el joven pensó gravemente, y sin embargo con cierta exaltación, que estaba vencido, ganado para siempre. Encontraría o construiría su lugar allí… y debería una eterna gratitud a su amigo Ren Starr.


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