El Valle de los caballos salvajes

El Valle de los caballos salvajes

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VIII

Pan y Luty no se dieron cuenta del paso del tiempo hasta que fueron llamados para la comida. Cuando llegaron al pórtico, Luty quiso retirar su mano de la de Pan; pero no lo consiguió.

—Oye, oye —dijo Pan con mucha seriedad cediendo al impulso de un estímulo a cuya fuerza no podía resistirse—, ¿no sería aconsejable para nosotros dos… que nos casásemos inmediatamente?

Luty enrojeció con intensidad.

—¡Pan Smith! ¿Estás loco?

—Creo que lo estoy —contestó él con tristeza—. Pero tengo que pensar que he de salir muy pronto para cazar caballos salvajes, y tengo miedo a que pueda suceder algo… ¿Quieres que nos casemos esta tarde?

—¡Pan! ¡Eres… eres terrible! —exclamó Luty; y soltándose de la mano de él, con el rostro enrojecido, corrió a internarse en la casa.

Él la siguió y descubrió que Luty había desaparecido. Su padre se sonreía, y su madre le miraba con ojos cargados de esperanza. Una jovencita esbelta y pecosa, de ojos dulces y graves y cabello rizado, se hallaba junto a la ventana. La joven se volvió y devoró a Pan con tímidas miradas. Y por aquellas miradas Pan supo quién era.

—¡Atice, hermanita! —exclamó avanzando rápidamente hacia ella—. ¡Cuánta alegría siento al verte!


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