El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —¿Hacer? ¿Qué? —preguntó Pan mirando en torno suyo.
—¡Tu madre! ¡Está muy bien! Y no estaba bien —exclamó el hombre viejo respirando trabajosamente—. ¡Y esa chiquilla! ¿Has visto alguna vez unos ojos como los suyos?
—Declaro que jamás los he visto contestó Pan con alegre torpeza.
—Esta mañana dejé a Luty muy deprimida. TenÃa los ojos como muertos. ¡Y ahora… Pan, doy gracias a Dios por haberlos cambiado! Pero, dime, ¿cómo lo has hecho?
—Papá, no conozco a las mujeres muy bien, pero supongo que viven a costa de su corazón. Puedes tener la seguridad de que su felicidad tiene muchÃsima importancia para mÃ. Me siento un poco mezquino, ingrato. Pero todo eso ha pasado ya. Ahora serÃa capaz de gritar y cacarear como Bobby… Pero, papá, tengo una gran misión en mis manos, y creo que debo hacerme digno de su cumplimiento. ¿Vas a oponerte a que la realice?
—¡No, diablos! —exclamó su padre, perdiendo la pipa al decirlo con vehemencia—. Hija mÃo, perdà mi ganado, mi rancho, y luego mi animación, mi valor. No pretendo disculparme. He caÃdo muy bajo…, pero no soy demasiado viejo para recomenzar de nuevo, llevándote como guÃa.