El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —¡Ah! Eso es exactamente lo que suponÃa —declaró Pan despectivamente—. ApostarÃa todo lo que tengo a que fue él mismo quien se nombró mariscal de la ciudad, que es el modo con que suelen designarse. ApostarÃa a que no tiene ningún documento legal de la región ni del Gobierno… Jard Hardman será un hueso más duro de roer. Hace poco, papá, en Littleton he sabido lo que hizo contigo. Y la historia de Luty ha acabado de confirmar la impresión que de él tengo. Son cosas difÃciles de olvidar. Me agradarÃa saber cuál es tu opinión y tu posición respecto a este asunto.
—Hijo mÃo, no me atrevo a manifestártelo —contestó Smith con voz ronca, al mismo tiempo que inclinaba la cabeza.
—Ni es preciso que lo hagas, papá. Nos quedaremos aquà hasta que podamos cazar y vender una tropilla de caballos —dijo Pan secamente—. ¿Puedes abandonar tu empleo en el taller de carros?
—Cuando quiera… y, ¡Dios mÃo, cuánto me alegrarÃa hacerlo!
—Entonces, abandónalo pronto —dijo apremiante Pan—. Queda convenido… Papá, tengo que sacar a Jim Blake de la cárcel.
—Asà ha de ser. Es posible —que la cuestión presente muchas dificultades, y es posible que no las presente. Todo depende de Jim. Y, dicho sea entre nosotros, Pan, no tengo mucha confianza en él.