El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Mientras Pan recorría el camino que conducía a Marco, todo el mundo parecía haber cambiado para él. Durante unos pocos instantes se entregó a la antigua alegría que le producían las llanuras y las montañas que se extendían y se elevaban a su derecha y se desvanecían en la lejanía purpúrea. Había algo que realzaba su belleza. ¡Cuán suavemente gris era la ondulante extensión, cuán negras las pendientes cubiertas de árboles! La ciudad, ante él, parecía incrustada, como una mancha horrorosa, en la hermosura del paisaje. Pan dirigió la mirada sobre y más allá del pueblo, en dirección al Oeste, donde el sol moría entre resplandores amarillos y rojos que perfilaban las nubes con una luz deliciosa. Hacia el Sur reposaba Arizona, la tierra de las mesetas multicolores y de los desfiladeros de muros accidentados, de corrientes de agua torrentosas, y de selvas abruptas, de valles cubiertos de salvia purpúrea y de llanuras herbosas, que se destacaban como mosaicos entre las desnudas montañas desiertas.
