El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Pan experimentaba la sensación de que, por primera vez en su vida, se hallaba bajo el incentivo poderoso de un algo tremendo y atrayente, de aquel algo que despertaba el fogoso espíritu que era común a los osados vaqueros de las llanuras. Solamente había conocido y vivido los últimos días del reinado de los vaqueros. Dodge y Abilene, el viejo camino de Chisholm, los días de disparar y de beber incesantemente en los primeros tiempos de la colonización del Cimarrón, habían desaparecido ya. La vida dependió entonces solamente de la suerte de una carta, del guiño de un ojo, del restallar de un látigo. Pero Pan había cabalgado y dormido con hombres que conocieron aquellos días; comprendió por sus relatos cuál había sido el espíritu de la época, y para él había llegado un período posterior, no comparable desde ningún punto de vista a aquél, pero también duro; libre, bravío y sangriento. Pan sabía cómo debía jugar sus cartas contra hombres como aquéllos. Cuanto más audazmente se enfrentase con ellos, cuanto más amenazadoramente les saliera al paso, tanto mayor sería su ventaja. Si Matthews fuese otro Hickok, la situación habría sido completamente diferente. Si hubiera algún hombre verdaderamente luchador en las filas de Hardman, Pan lo reconocería de una sola mirada. Pan era una incógnita para ellos, la cualidad más irritante de los recién llegados a una localidad bravía, el hombre a quien precedía una fama.