El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Pan llegó hasta cerca del edificio que buscaba; estaba construido parcialmente de piedra y de adobes, torpe y rudamente formado; no tenía ventanas en la fachada que le daba frente; acercándose a la casa y dando vuelta al llegar a la esquina, vio una habitación pequeña y de suelo empedrado. En tal habitación sonaban voces. Pan atravesó de dos largas zancadas el liso umbral. Dos hombres estaban jugando con una baraja mugrienta, una botella de alcohol y unos vasitos puestos sobre la mesa colocada entre ambos. El hombre que se encontraba con la espalda vuelta hacia Pan no fe vio; pero el otro hombre se puso en pie de un salto y se retiró hacia la pared con una expresión extrañamente alterada. Era joven, moreno, rudo, y tenía la cicatriz de un disparo en la barbilla.
Pan no tardó en reconocer al hombre más tiempo del que empleó en penetrar en la estancia. Aquel hombre era Handy Mac New, a quien conoció en Montana, un vaquero que había seguido el mal camino. Era uno de los miembros de aquel amplío conjunto que comprendía a los que Pan había ayudado de un modo o de otro. Handy se había convertido en ladrón de ganado durante el año siguiente al que Pan le conoció, y se sospechaba que había cometido uno o varios asesinatos.
—¡Buenas tardes, amigos! —dijo Pan, sin ofrecer muestras de haber identificado a Mac New—. ¿Quién de vosotros dos es el guardián?