El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —Yo —contestó Mac New en tono ahogado. Y se puso lentamente en pie.
—Aquà tenéis un prisionero llamado Blake —continuó Pan—. Vivió antiguamente cerca de mi casa, jugué muchas veces con él a caballo y jinetes, y me solÃa llevar sobre la espalda. ¿Me permitirán hablar con él?
—No hay inconveniente, forastero —replicó Mae New con nervioso apresuramiento; y sacando de un bolsillo una llave la colocó en la cerradura de una puerta fuerte y blanqueada.
Pan se encontró al cabo de un momento en el interior de una amplia habitación que tenÃa una pequeñas ventanas enrejadas en la pared occidental. Sus conocimientos de las cárceles de la frontera eran muy limitados, pero las que habÃa visto eran generalmente unas celdas desnudas, vacÃas, pequeñas. Sin embargo, aquélla en que se hallaba parecÃa ser una prisión lujosa. HabÃa alfombras y esteras indias en el suelo, una mesa atestada de libros y papeles, un lavabo y un lecho cómodo sobre el cual se recostaba un hombre que estaba fumando y leyendo.
—Vienen a verle, Blake —dijo el guardia; y salió y cerró la puerta tras de sÃ.
Blake se sentó. Y al hacerlo, moviendo los pies sin calzar, la aguda mirada de Pan vio que habÃa una botella en el suelo.