El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Así fue como Pan, a la temprana edad de cinco años, recibió el estímulo que necesitaba para encauzar su vida por el rígido sendero que seguían los vaqueros. Solía llamarse a sí mismo Tex. Y si su madre olvidaba utilizar este nombre tan seductor, se sentía ofendido. Adoptó el modo de andar, de hablar y de cabalgar de Tex. A todas las horas del día, lo mismo dentro que fuera de su casa, jugaba a realizar rodeos. Piedras, clavos, astillitas…, todo servía para desempeñar el papel de ganado. Tenía una imagen en madera que representaba a él y a su caballo. La mayoría del tiempo lo pasaba a lomos de Curly, en el encerradero o en el campo abierto, rodeando a una imaginaria ganadería. Durante la noche, sus sueños estaban llenos de vaqueros, de carros, de caballos y de novillos mugidores.
Cada vez que veía algún vaquero montado sobre un ágil caballo, en el cerebro de Pan se intensificaba esta impresión, y en su corazón se grababa más vívidamente la imagen de su porvenir. Era para aquello, para ser aquello para lo que había nacido.
