El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Colonos y más colonos, que tomaban para sí terrenos de ciento sesenta acres cada uno, iban llegando continuamente en sus carros cubiertos a aquella tierra prometedora. Algunos de esos hombres, como el padre de Pan, se veían obligados a trabajar durante una parte de tiempo lejos, de la casa para ganar el dinero que tanto necesitaban. Jim Blake, el último de aquellos colonizadores, había escogido un terreno situado en una zona pantanosa y profunda que Pan cruzaba siempre cuando iba a visitar a su tío. Era un lugar hermoso, cubierto de hierba y algodoneros, por el que se deslizaba una delgada corriente de agua, un lugar solitario y escondido junto al cual habían pasado anteriormente otros colonizadores.
Pan encontró cierto día a Jim y cabalgó a su lado. Jim era joven, agradable, alegre; un granjero y aspirante a ranchero que carecía de los signos característicos de los vaqueros. Pan creía que esto era una gran desventaja, pero llegó a apreciar a Jim y le dio a conocer los progresos que había hecho en equitación.
Llegaron los días de otoño, grises y tristes, durante los cuales el frío viento azotaba la llanura y unas nubes amenazadoras se cernían sobre las cumbres de las montañas. Otro invierno se acercaba. A Pan le molestaba pensarlo. Nieve, hielos, vientos heladas le impedirían montar a Curly. En estas circunstancias cabalgó continuamente, mucho más de lo que su madre le permitía.