El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —¡Ni silla, ni lona, ni charreteras, ni espuelas, ni revólver! —exclamó Pan rascándose la cabeza—. ¡Pobre papá! Ahora comienzo a comprender cuál era su situación. Finalmente, resultó que todo lo que su padre poseÃa constituyó un pequeño envoltorio que Pan pudo transportar fácilmente al pueblo sobre la silla de su caballo.
—Compraremos el equipo de papá —decidió Pan, resuelto—. Madre, aquà tienes un poco de dinero. UtilÃzalo para lo que sea necesario. Id haciendo los preparativos ti y Luty. Quiero que nos marchemos pronto de Marco, quizás el mismo dÃa en que papá y yo volvamos con los caballos. Es posible que podamos venderlos aquà mismo, aun cuando cobremos menos dinero que vendiéndolos en otro sitio. Va a constituir un trabajo muy pesado el conducir un grupo numeroso de caballos salvajes a Marco. Pero, como quiera que sea, nos iremos muy pronto de aquÃ.
Y se despidió de manera cariñosa, pero no ansiosa, de Luty.
—No estaremos ausentes mucho tiempo. Y tú estarás muy ocupada. ¡No bajes al pueblo! ¡De ningún modo! EnvÃa a Alice o a mi madre para que adquieran lo que sea necesario. Pero di ¡quédate —en casa!
—Muy bien, jefe; lo prometo —replicó picarescamente Luty.