El Valle de los caballos salvajes

El Valle de los caballos salvajes

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Pan fue muy tarde en busca de las mantas; y le parecía que apenas había terminado de cerrar los ojos cuando Juan lo llamó. La oscuridad era completa. Los, muchachos comenzaron a agitarse, los caballos golpeaban la tierra con los cascos, la hoguera crepitaba. Pan se puso rápidamente las botas. Se alegraba de volver a la vida de los campamentos, de los caballos, de las albas frías, de las duras duchas y las largas cabalgatas. Hasta el llego el aroma del tocino frito y del café humeante.

—¡Buenos días, compañera! —dijo Blinky, arrastrando las palabras—. Creí que estaba muerto. Coge un plato de comida… ¡Ah! Oye, compañero, de ahora en adelante puedes llamarme Somers, Frank Somers. Estoy orgulloso de mi nombre; pero me parece que él estaba avergonzado de mí.

—¡Ah! Perfectamente, Blinky Somers —replicó alegremente Pan—. Para mí, siempre serás Blinky y nada más que Blinky.

Comieron en pie ante la hoguera, entre la friolenta oscuridad que comenzaba a tornarse gris. Luego, las ágiles manos y los fuertes brazos se cuidaron de los fardos, los camastros, los caballos y las sillas. Cuando el alba rompía la negrura de la noche, los hombres se hallaban ya en camino, lejos, en la pendiente de los cedros.


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