El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Pan se volvió y bajó la mirada para ver a Marco, un pueblo tosco, de, una sola calle, de aspecto multiforme, con sus blancas tiendas, sus casuchas de adobe, sus edificios de piedra, sus altas fachadas de madera, mudo y quieto bajo la media luz del amanecer. ¡Cuánta avaricia, qué vida más desatentada dormían allí!
Más allá de la ciudad pudo ver la granja situada entre verdes terrenos, la casita gris en que su madre y Luty dormían, sin duda soñando con las esperanzas que él les había inculcado. Una duda, un temor inexplicable y vago se le presentó en tanto que miraba. ¿No tropezaría Luty con inconvenientes y obstáculos durante la ausencia de él? Verdaderamente, había mucho que temer. Pan no podía dar rienda suelta a sus esperanzas de felicidad hasta que hubiera conseguido poner a Luty en situación de seguridad, lejos de Marco.
Una vez que hubo perdido de vista a la ciudad, Pan concentró toda la atención en la misión que tenía ante sí, en el trabajo que le esperaba. Y, como siempre, el guiar un buen caballo, de marcha rápida y fogoso, en el campo abierto, le llenó de alegría y de contento.