El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —¡Se han marchado a toda velocidad! —dijo Blinky—. ¡Ah! Has notado su olor, ¿eh? —añadió dirigiéndose a su propio caballo, al que dio unos golpes con el sombrero—. Te gustarÃa correr salvajemente con ellos, ¿verdad? Bien, no dejaré de vigilarte, por si acaso… y, además, te trabaré las patas.
Todos los caballos de silla, y aun algunos de los de carga, se alteraron nerviosamente al percibir el olor de los caballos salvajes. El anhelo de la libertad vivÃa todavÃa en el fondo de sus corazones. Por esto era por lo que un caballo domado, por muy manso que fuese, solio convertirse en el más salvaje de todos cuando se veÃa libre de nuevo.
Pan habÃa acertado en sus suposiciones respecto a la disposición del terreno de la próxima elevación. El trepar por ella resultó muy penoso.
—Cuando hayamos cazado los caballos, los llevaremos por la parte baja del valle y daremos vuelta por la carretera —explicó Blinky—. Tardaremos más tiempo, pero lo haremos con más seguridad. En realidad, no nos serÃa posible dominar a esos escobones si los condujésemos por aquÃ.