El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes El agua que habían ido a beber no era muy buena, según dijo a Pan su paladar. A su caballo no le agradó. Aquélla fue la primera vez que Pan encontró ante sí aguas alcalinas. Brotaba casi hirviendo, a una temperatura demasiado elevada para que pudiera ser bebida; pero al llegar a una corta distancia del manantial ya era fría.
El manantial estaba rodeado de árboles bajos y verdes, aun cuando las hojas de muchos de ellos va se habían tornado amarillas. Mientras los cazadores se aprovisionaban de agua, Pan pudo ver otro grupo de caballos salvajes que llegó corriendo a la parte inferior del arroyo y se detuvo para beber. Pan contó hasta diez caballos, la mayor parte de ellos negros y bayos. El conductor de la manada tenía crines largas y encrespadas; a Pan no le habría disgustado poseerlo. Los otros no tenían mal aspecto; eran de tamaño corriente y debían de pesar alrededor de mil libras, pero carecían de casta. Después de haber bebido hasta saciarse patearon en el barro y se introdujeron en el agua. Pan lanzó un grito agudo y potente; los caballos desaparecieron con la rapidez de los antílopes.