El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Llegaron a lo alto de la elevación, que podría haber sido llamada falda de montaña si en aquellas inmediaciones hubiera habido alguna montaña. Otro valle, estrecho y accidentado, no tan bajo como el anterior, se extendía entre aquella cuesta y la inmediata, un promontorio de tierras y rocas, cubiertas de cedros, que anunciaba una marcha difícil a su través. Más allá se elevaba el terreno montañoso, negro y purpúreo, y a mayor altura se destacaban las blancas cumbres que se clavaban en el azul del cielo. El paisaje sedujo a Pan. La región era accidentada, bravía, silvestre, y solamente el verla desde lejos inundaba el alma de gozo.
En aquel estrecho valle había también algunos caballos salvajes, pero no muchos, puesto que la cantidad de hierba y de agua era escasa. Estos caballos iban y venían todos al trote, pera solían detenerse en el acto al ver a los cazadores. Muy pronto, algún caballo corría por espacio de un centenar de pasos, se detenía, relinchaba y, volviendo grupas, comenzaba a conducir a su banda, que se perdía entre una nube de polvo. Algunas de tales bandas solían correr durante mucho tiempo; otras se detenían a corta distancia y volvían la cabeza para mirar hacia atrás.