El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes —¡Suerte, buena suerte! —exclamó Pan cuando lo supo—. Blinky, si tu caballo saltase desde el borde de un abismo estoy seguro de que cuando salieses de él llevarÃas en brazos a la reina Victoria.
Juan «el Embustero» intervino algunas veces en la conversación; y en muchas ocasiones, tanto a causa de su defectuoso oÃdo como de su hábito de mentir, provocó grandes carcajadas.
—SÃ, sÃ, he estado en este mismo sitio lo menos dos o tres veces —comenzó diciendo Juan, que pronunciaba cada palabra con más animación que la anterior—. Y he estado dos o tres veces en el palacio de la reina Victoria. SÃ, es cierto, he vendido muchos caballos a la reina Victoria. Puedo deciros que la reina Victoria es una de las mujercitas más amables que he visto en toda mi vida. Dio un gran baile en mi honor, y jamás he visto en toda mi vida una cena tan abundante y tan animada como aquélla. Yo mismo bailé con ella, y me dijo de repente: «Oye, Juanito, no he bailado en toda mi vida tan bien como contigo». SÃ, sÃ, es cierto, me lo dijo a mi misma cara, delante de mis ojos.
Pan fue el único de los oyentes a quien le fue posible hablar después de oÃr tales palabras. Y preguntó: