El Valle de los caballos salvajes

El Valle de los caballos salvajes

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—Juan, ¿no jugaste al monte o al póquer con la reina? —¡Claro que sí! La reina jugaba al póquer como no he visto jugar a nadie en toda mi vida, y me ganó trescientos dólares.

Pan sucumbió también al tumulto de las risas. Las risas halagaban la vanidad de Juan. Era un verdadero niño en cuanto a mentalidad, aun cuando hablaba el inglés mejor que la mayoría de los trabajadores mejicanos. Blinky era el único que se aventuraba en ocasiones a poner su ingenio en lucha con el de Juan.

Juan, esa que has dicho me recuerda una cosa —comenzó a decir Blinky con solemnidad—. Sí, me la recuerda… Una vez estuve a punto de casarme con la reina Victoria; pero a ella no acabó de gustarle la granja que yo tenía en Missouri. Creo que tiene miedo a los coyotes y a los injins[3]. Ahora ya no quiero casarme con una mujer como ella. Por eso la reina Victoria y yo no somos ya amigos.

Sin embargo, la mayor parte de la conversación se refirió, casi de modo constante, al asunto que a todos interesaba más en aquellos momentos: la caza de caballos salvajes. Pan tuvo que intentar contestar a muchas preguntas que se le formularon. La mayoría de ellas se referían a cuestiones y detalles que sus amigos no acertaban a comprender, y que él mismo no había conseguido aclarar para sí. Finalmente, terminó por perder la paciencia.


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