El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Una vez traspasada el terreno pantanoso, puso el potrillo al galope, y al cabo de muy poco tiempo pudo llegar a casa de tío George. ¡No había nadie! El caballo y el carro tampoco estaban. Pan dejó a la puerta el paquete que llevaba y emprendió el regreso. Al pasar al trote ante el portillo de Blake, oyó una débil voz que le sobresaltó; detuvo a Curly, escuchó y miró. La choza de Blake se hallaba al fondo, oculta a su vista por los algodoneros. Sin embargo, el granero, con su cobertizo abierto a uno de los costados, estaba situado exactamente detrás del portillo. Las vacas habían sido llevadas allí para ordeñarlas. Una ternera hambrienta intentaba robar leche a su madre. Los polluelos comenzaban a cacarear. Pan no creyó que ninguno de estos animales pudiera haber proferido el sonido que oyó y que le había parecido una llamada. Estaba a punto de reemprender la marcha cuando, repentinamente, llegó hasta él un extraño grito que parecía provenir del granero o del cobertizo. El grito le excitó más que le asustó. Desmontó, empujó el ancho portillo de madera y entró.
Bajo el abierto cobertizo encontró a la señora Blake tumbada sobre un montón de heno que evidentemente acababa de bajar del desván. Al ver a Pan, su pálido y convulso rostro experimentó un cambio.
—¡Oh…! ¡Gracias a Dios! —exclamó la mujer.