El Valle de los caballos salvajes
El Valle de los caballos salvajes Aquella noche, sin embargo, Pan se vio acometido de una molesta melancolía. Acaso fuese la expresión de un anhelo, de algo que no sabía de qué modo definir.
La noche era extraña, bochornosa, opresiva y silenciosa, rota sólo por el incesante mugido de las vacas y por el sordo zumbido de los truenos que brotaban de entre las nubes negras y revueltas. Una luna amarillenta y espectral se asomaba por el horizonte. La llanura se extendía oscura, solitaria, silvestre. No se, movía el viento. Los lobos y los coyotes permanecían silenciosos. De pronto, a Pan le pareció que el mundo estaba completamente desierto. Fue un sentimiento inexplicable. La llanura, la soledad, la manada de reses a su custodia, los camaradas dormidos, los caballos en torno a sus estacas…, todas estas cosas, siempre tan elocuentes para él, perdieron de súbito su importancia. Al fin comprendió que experimentaba la nostalgia de su hogar. Y cuando el tiempo de su guardia concluyó, Pan estaba determinado a abandonar aquel empleo y dirigirse a su casa.