Guarida de ladrones

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Siguió una interesante discusión, en la que Herrick, a pesar de su insistencia, no obtuvo la mejor parte. Por último apeló a Jim.

—Señor Herrick para recorrer estos quebrados terrenos es indispensable la silla vaquera —contestó el capataz—. Se necesita doble cincha, estribos anchos, sitio donde llevar la cuerda, las armas y el bagaje, sin contar con la sujeción que ofrece su forma para subir y bajar cuestas.

Sin desatender estas razones, Herrick terminó la caza. Era bromista y algo excéntrico, pero todo un valiente, y a Jim le iba siendo cada vez más simpático.

Durante el camino de vuelta, Jim divirtió al inglés, disparando sobre los conejos con su Colt, mientras corría. Herrick expresaba su asombro y admiración, al ver que de cada cinco mataba tres.

—¡Por Júpiter! —exclamó aturdido éste—. Jamás he visto puntería semejante.

—Esto no tiene dificultad.

¡Sí, eh…!, ¿quiere explicarme usted qué es lo que entiende por difícil?

—Por ejemplo: meter cinco balas en un poste, pasando por delante al galope, —o romper el canto de una tarjeta a veinte pasos.

—Enséñeme su pistola.

Wall, faltando a su costumbre, se la alargó.

Herrick la examinó con encontrados sentimientos.


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