Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —¡Cartas…! El señor Herrick no ha tenido tiempo de escribir acerca de mà —replicó el joven con acento de incredulidad—. Las cartas tardan mucho…, y llevo poco tiempo…
—No quiero decir que me haya escrito de usted individualmente —interrumpió ella riendo—. Pero en sus cartas me hablaba de bandidos y salteadores, en términos que me sugerÃan una horripilante idea.
—Muchas gracias, señorita —contestó Jim con gravedad—; pero no se fÃe de apariencias en nuestro salvaje Oeste… ¿Quiere usted subir…? El camino es largo.
E intentó ayudarla a instalarse en el testero del primitivo coche.
—Si va usted a guiar, yo me sentaré a su lado —dijo ella sin ambages.
Haciendo una respetuosa inclinación, Jim la ayudó a subir al pescante, maldiciendo en su interior a Barnes, Hays, Herrick y cuantos habÃan contribuido a colocarle en tan violenta situación. En su aturdimiento, casi se olvidó de aguardar a Barnes, que estaba despidiéndose de una guapa chica, y tuvo que correr para trepar al interior del coche, al tiempo que arrancaba el fogoso tronco. Dado lo mucho que Jim habÃa aprovechado el sitio para colocar el equipaje, quedaba poco espacio libre en el pescante. El pesado rifle y la funda molestaban a la señorita Herrick.