Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —Con el arma ahÃ, el asiento queda reducido —observó él, y colocó la funda sobre sus rodillas.
—¿Duerme usted con ella? —preguntó la joven en tono zumbón.
—Sà —contestó Jim—; y por el dÃa no me considero completamente vestido hasta que la llevo puesta.
—¡Qué pueblo tan sorprendente son ustedes, los americanos del Oeste!
—Algunos somos bastante sorprendentes, y espero que las sorpresas que le causemos no serán desagradables —contestó él aflojando más las riendas.
En pocos momentos quedaron atrás el ruido, el polvo y el curioso populacho de Gran Unión, y la hilera de montañas, enrojecidas por el sol, servÃa de fondo a las inmensas praderas cubiertas de aromática salvia.
—¡Qué maravilla! —exclamó extasiada Elena, cuando una curva del camino puso de manifiesto uno de los admirables paisajes de Utah.