Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Jim tenÃa no poco trabajo para refrenar la fogosidad del tronco negro, que pugnaba para tomar un acelerado galope. Con amargura pensaba en que le gustarÃa abrir la mano y dejar que los potros los estrellaran a los dos… SÃ…, serÃa lo mejor… El retrato de la hermana de su amo, colocado sobre el escritorio de éste, estaba muy lejos de hacer justicia al original. No daba idea del encendido color de los labios, ni del brillo luminoso del cabello, ni de la riente vivacidad de los ojos violeta. Jim sentÃa en sus venas la fuerza de la vitalidad que irradiaba de aquella excepcional criatura y que enardecÃa su sangre.
—El viento me hace llorar —dijo Elena en tono alegre—, o tal vez sea por lo muy feliz que me siento…
—¿DecÃa usted que antes de la noche llegaremos al rancho?
—Seguramente.
—Estoy muy fatigada por el largo y penoso viaje —exclamó Elena—. Pero ahora quiero ver, oler, sentir y disfrutar.