Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —Señorita Herrick; ésta es una hermosa vista, pero muy pálida en comparación con las que están del otro lado de las Henry. ¡Ya verá usted lo que es paisaje cuando estemos en la cima de la próxima montaña! Yo he recorrido casi todo el Oeste, y puedo asegurar que la comarca en que está situado el Rancho de la Estrella es la más salvaje y sublime de todo el territorio, y puede que del mundo entero.
—¿De veras…? Me deja usted asombrada… Jamás se me ocurrió que un gunman, ¿no es eso lo que es usted?, pudiera ser tan entusiasta apreciador de las bellezas naturales.
—Un error muy general, señorita Herrick —repuso Jim—. La naturaleza desarrolla los hombres que pasan en ella su dura y solitaria vida. En muchos casos les convierte en bestias, sin más instinto que el de la propia conservación, pero en algunos casos afina sus sentidos en dirección opuesta.
—Todo eso es muy interesante —dijo sencillamente la inglesita—. Hábleme usted de esa sublime comarca y de la gente que la habita.
Jim habló largo y tendido, constantemente espoleado por el vivo interés de su gentil interlocutora. Describió las magnificencias de la escarpada meseta del Caballo Salvaje, y los inexplorados desfiladeros y abismos entre ésta y la montaña Navajo, y, por último, las erizadas y siniestras malezas que rodean el Diablo Sucio.