Guarida de ladrones

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—Aguarde usted hasta que la conduzca alguno de estos viejos domadores de caballos… Yo, en realidad, no soy cochero.

—¿Es usted cowboy?

—Lo he sido… y aún sé galopar tras el ganado. Pero actualmente no soy más que caballista independiente.

—¿Qué diferencia hay entre uno y otro?

—El caballista no tiene trabajo fijo…, y va de un campo a otro…

—Debe de ser una vida deliciosa… Como los gitanos. Yo he visto los campamentos de gitanos en España. Pero ésa no puede ser la posición que ocupa en casa de mi hermano.

—¿Acaso no le ha dicho a usted Barnes quién soy y lo que soy? —preguntó Jim fijando sus grandes ojos negros en los de su compañera de viaje.

—Sí, algo ha murmurado, por el estilo de ese parlanchín arroyo que acabamos de pasar —contestó Elena—. La mayoría de sus palabras eran griego para mí, pero logré comprender que es usted forastero en Utah, que procede de Wyoming, donde ha matado usted a muchos malhechores, y que es tal su reputación de valiente y buen tirador, que su solo nombre basta para tener a raya a todos los cuatreros y ladrones que pudieran amenazar al Rancho de la Estrella. Señor Wall, a mis ojos es usted un héroe.


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