Guarida de ladrones

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No se necesitaba gran perspicacia para comprender que el entusiasmo de la joven era sincero. A Jim le faltó poco para echarse a llorar.

—Señorita —dijo con voz ahogada—: ese muchacho es un embustero.

—¿Cómo…? A mí me ha parecido muy simpático, y lleva la bondad pintada en el semblante.

—Va usted a sufrir una terrible desilusión.

—Señor Wall, es inútil que trate de apagar mi entusiasmo. Estoy segura de que voy a adorar a este hermoso y salvaje país. He pasado en Londres casi toda mi vida, y aborrezco las calles atestadas de gente, el polvo, el barro, la oscuridad, y las frías habitaciones en que se vive y en las que nunca penetra el sol. Por mis venas circula algo de sangre primitiva. Uno de mis antepasados fue un vikingo, y yo creo que otro debió de ser piel roja. —Y la joven dejó oír una argentina carcajada—. De todos modos, voy a dar satisfacción a mis aficiones salvajes; los dioses de los indios siempre me han inspirado simpatía, y desde niña tengo el presentimiento de que estoy destinada a llevar a cabo grandes y extraordinarias empresas.


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