Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —Apenas la comprendo a usted, señorita —dijo Jim en tono de perplejidad—. Mi educación ha sido muy limitada, excepto en materias campestres. He asistido a la escuela y hasta he sido pasante en la de mi pueblo, antes de cumplir veinte años. Pero jamás he hablado con nadie que se parezca a usted. De modo que si le parezco ignorante, sÃrvase excusarme.
—¡Oh! Muy al contrario, señor Wall, tengo la impresión de que está usted muy por encima de la mayorÃa de sus paisanos —contestó la joven afectuosamente y sin la menor señal de condescendencia—. Durante mi largo viaje he tropezado con mucha gente: exploradores, vaqueros, y otros que no acierto a calificar. Con todos he hablado, y no necesita usted excusarse… ¿Conque ha sido usted pasante en una escuela? Nunca lo habrÃa sospechado…; y, ¿qué más ha sido usted?
En aquel momento, Jim no supo aprovechar la oportunidad para quitar aquella mujer de su camino. Es más; quedó aturdido ante la imprevista idea de que no querÃa alejarla de él. Respondió, titubeando:
—He sido un poco de todo… Lo que solemos hacer en el Oeste…
—Ya veo que no quiere usted hablar de sà mismo —dijo ella—. Perdone mi curiosidad, pero ha de saber que yo quiero ayudar a mi hermano en las tareas del rancho. De modo que también tendrá usted que trabajar conmigo.