Guarida de ladrones

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—Y ahora… aristocrática señorita… espero que estará usted convencida —jadeó él con los labios trémulos y fatigosa la respiración—. Si no fuera usted una frágil muñequilla sin sangre… en las venas… habría comprendido antes… lo que somos los hombres de Utah… Pero ahora no volveré a poner la mano sobre su cuerpo… ni aunque me fuera en ello la vida… ¡Levántese usted!

Obedeció Elena con lentitud, apoyándose con una mano en el pino, mientras que con la otra se oprimía el pecho. Tenía trazas de sangre en los labios y mejillas; lo restante del rostro parecía una máscara de alabastro.











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