Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —Creo que he estado lo bastante loco para enamorarme de usted, y desear protegerla contra otros hombres peores que yo —prosiguió él con ronca voz—. Espero en Dios que esto le servirá a usted de lección… Cuide de poner su hermosa cara y su cuerpo fuera del alcance de Hays y de esos otros bandidos. Su sed de oro, no es nada comparada con el ansia que tienen de mujer. Aquà se carece de ellas, y serÃan capaces de comérsela a usted viva. Es una ligereza criminal, por parte de usted, el mezclarse sola con esta clase de hombres, como si no tuviera usted más misión que la de trastornarlos con su hermosura. Su hermano ha sido un insensato en venir a Utah… y más; insensato aún en traerla a usted. Vuelva a su casa… antes de que sea demasiado tarde… y dÃgale que se vaya… si no quiere verse pronto en la ruina.
Elena, temblando como una azogada, limpióse la sangre de los labios y mejillas.
—¿Me ha… ultrajado usted… de este modo… sólo para asustarme? —preguntó ella con entrecortada voz. En su acento habÃa una singular mezcla de horror y fascinación.
—Monte a caballo y vaya delante —ordenó él con dureza—. Pero antes, señorita Elena Herrick, una última palabra: No diga usted nada de lo ocurrido a su hermano, hasta que yo me haya marchado… De k contrario, me veré obligado a matarle.