Guarida de ladrones

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Elena había dejado un guante en el suelo, y Jim no dio ningún paso para recogerlo. El bayo habíase alejado un corto trecho, y cuando Jim saltó sobre él, ya estaba Elena en la silla. Aquélla se adelantó unos cuantos pasos, antes de que Wall la siguiera.

El exceso de emoción de éste hablase disipado, dejándole sereno y contento del giro que había tomado el asunto. La situación había llegado a serle intolerable y se burlaba de sí mismo, por sus afanes de presentarse por el buen lado a los ojos de Elena. ¡Ridículas pretensiones para el miembro de una cuadrilla de bandidos! Pero el hecho de ser un ladrón no impedía que él pudiera sentir lo que otros hombres, respecto a las mujeres. Ya sabía que nunca podría disponer de sus propios sentimientos. Por muy singular que le pareciera, no podía menos de convenir en que se había enamorado de Elena Herrick.

Ésta seguía bajando la cuesta a paso lento, sin mirar ni a un lado ni a otro. Debía de tener los ojos bajos, y la postura de su cabeza y hombros denotaba vergüenza y abatimiento. ¡Ultrajada por unos cuantos besos tomados a viva fuerza…! Toda la vida se acordaría de los brutales besos de un hombre rudo. En cuanto a Jim, no olvidaría nunca aquel primer beso dado por sorpresa en los frescos labios rojos.


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